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POBREZA Y DESIGUALDAD SOCIAL EN TIJUANA


Benedicto Ruiz Vargas*
Patricia Aceves Calderón

1. VISIONES DE LA POBREZA EN TIJUANA

     Hasta hace muy poco tiempo, la pobreza y la desigualdad social en Tijuana no eran los temas más sobresalientes en los estudios o investigaciones sociales fronterizos. Tampoco eran los rasgos que podrían definir a una ciudad fronteriza con una historia controvertida, pero también llena de dinamismo, símbolo de oportunidades y de mejores niveles de bienestar social desde los inicios de su conformación urbana. En realidad, es y ha sido ésta última visión la que a lo largo del tiempo ha dominado la imagen de Tijuana, o más bien la imagen que de sí misma se ha hecho la propia ciudad.

     Las visiones que más se acercan a su realidad, cuando mucho, la definen como una "ciudad de contrastes", en crecimiento, joven y dinámica, receptiva a cientos de migrantes que llegan buscando mejores condiciones de vida en la propia ciudad o en los Estados Unidos. La pobreza o la desigualdad social casi no han sido parte de su historia en el imaginario social, por el contrario, la representación colectiva más común ha sido la de una plataforma para muchas familias que huyen de la pobreza en sus lugares de origen. Quizá por eso mismo Tijuana no ha podido ser vista como una ciudad con pobreza sino, más bien, como una ciudad que ayuda a mitigarla o a resolverla. Sin embargo, más allá de las visiones o imágenes que de la ciudad se han formado entre diversos sectores de la sociedad, la pobreza y la desigualdad social siempre han estado ahí, a veces menos visible que otras, pero siempre acompañando su proceso de crecimiento.

     Algunos de estos rasgos en su fisonomía social han provenido, justamente, de su vertiginoso crecimiento demográfico que supera las capacidades de la ciudad para responder a satisfactores básicos como vivienda, agua, educación, salud y otros no menos importantes. En ese apresurado proceso de crecimiento se han formado varias ciudades en su interior, unas más pobres que otras, que se alimentan de la misma matriz urbana, de una misma historia de polarización e injusticia social que, junto con todas sus bondades, también ha acompañado el proceso de formación de Tijuana.

     Los estragos de ese crecimiento, producido en unas cuantas décadas, aparte de generar los contrastes de la ciudad, también han contribuido a formar, en algunos, la imagen de una ciudad precaria, empobrecida o abandonada, al lado de los pequeños enclaves de riqueza y esplendor mercantil.

      Así la observó, por ejemplo, Ricardo Garibay a finales de la década de los setenta en un reportaje, del cual citamos algunas de sus principales impresiones. Por ese entonces, el autor ve a la ciudad como

(...) una inmensidad color ladrillo tierno, por la tierra, y parda por las cacerías (sic), y borrosa por el empedernido polvo. Una inmensidad de jacales y tugurios que suben y bajan entre cerros y barrancos ardidos de sol y de sequía...Por el norte, el oriente, el oeste y el sur, alineados jacales como ejércitos de indigentes, equilibrándose sobre sus endebles patas de polines podridos, sobre la suelta tierra roja. Las hileras de barracas, que no tienen cuenta, no tienen fin, dejan entre sí espacios rectos, larguísimos, pedregosos, rojos y muy anchos, y la distancia los alisa, y la gente los llama calles...No hay agua, no hay luz, no hay drenaje, no hay pavimento, no hay aceras, no hay medios de transporte colectivo, no hay lugares para la basura ni camiones que la recoja, todas las gibas y las ardidas torrenteras son basureros a lo largo y ancho y enano y hondo de los tropeles de jacales...no hay árboles, no hay flores, no hay una brizna de pasto, no hay espacios para deporte ni para esparcimiento ninguno, no hay ni hospitales ni clínicas ni siquiera cuartuchos con alcohol, algodón y mertiolate...

Hay algo vil en esta mezcla de pobreza campesina mexicana y huellas de tecnología del otro lado: coches, antenas de televisión, lavadoras y refrigeradores en los patios, bombas descompuestas para subir el agua que nunca ha corrido por ninguna parte, pedacería de casas rodantes. Sociedad de desperdicios...Queda flotando una respuesta común: "pus qué quiere usté, aquístamos ya, diantes tábamos pior y como sufrir sí sabemos, ps yaquí nos quedamos". Sólo en la India en Tanzania, en Etiopía y en Haití vi tanta incuria y pobreza y desesperanza tanta. 1
.

     Es obvio que al novelista y escritor le impresionó el crecimiento sin control de la ciudad, los numerosos asentamientos humanos que en esta época seguían estableciéndose en Tijuana y ocupaban los espacios más escabrosos de la topografía urbana, carentes de los servicios más elementales y con viviendas precarias, sin servicios y construidas en un alto porcentaje con materiales de desecho. Sin embargo, el fenómeno social que describe Garibay estaba muy distante de la pobreza crónica o estructural de Tanzania o Etiopía. La situación respondía más bien al acelerado proceso de crecimiento de la ciudad y la incorporación -ciertamente azarosa- de la población migrante, principalmente, a la estructura urbana de la ciudad. Era un periodo de tránsito y de inserción de amplios contingentes de población en el mercado urbano de una ciudad que, prácticamente a partir de estos años, inicia una de sus etapas más importantes de expansión.

     El desolado panorama de Tijuana en la década de los setenta, desde el punto de vista social, era el resultado de las elevadas tasas de crecimiento demográfico registradas durante los decenios cincuenta y sesenta, que provocaron estragos urbanos en esos años. En el periodo de 1950-1960 Tijuana tuvo una tasa de crecimiento del orden de 9.7 por ciento, a diferencia del estado (8.6) y del país (3.1). En las décadas 1960-1970, la tasa se redujo a 7.8 por ciento, pero continuaba muy por encima de los ritmos de crecimiento de otras entidades y del propio estado de Baja California (5.5).

     Más recientemente, en el periodo 1970-1990, Tijuana experimentó un crecimiento anual promedio del 3.8 por ciento, mientras que el del estado y el país fueron de 3.1 y 2.5 respectivamente. Esto significa que en el mismo periodo Tijuana necesitó solamente 18 años para duplicar su población, mientras que a nivel estatal y nacional la población se duplicó en 23 y 28 años, respectivamente 2. Aún ahora, su tasa sigue siendo más elevada que la de otras importantes ciudades mexicanas.

     Es sabido que a lo largo de la década de los setenta, en Tijuana se fueron estableciendo amplios y extensos asentamientos irregulares, invasiones de predios por grupos sociales demandantes de tierra para vivir y, en paralelo, se iba desarrollando uno de los movimientos urbanos populares más significativos que ha tenido la ciudad, cuyo eje de actividad era la demanda por servicios y terrenos para construir su vivienda 3. Asentamientos como los de "Cartolandia" en las cercanías de la línea internacional y otros menos precarios, albergaban a una parte de la población "flotante" o aquélla en tránsito hacia los Estados Unidos. Al iniciarse la canalización del Río Tijuana en 1972, éstos y otros asentamientos fueron desalojados por el gobierno que construyó como alternativa varios fraccionamientos, entre los que se destacan el Centro Urbano 70-76 con cabida para 633 familias y el "Reacomodo Sánchez Taboada" en donde se ubicaron aproximadamente 950 familias.

     La historia de "Cartolandia" y su desaparición nos la cuenta el entonces gobernador del Estado, Milton Castellanos Everardo, quien de paso nos muestra su visión de la pobreza como ofensa y vergüenza social:

El primer gobierno constitucional del Estado expidió un decreto estableciendo que los terrenos del lecho del Río Tijuana eran propiedad del estado, contra el cual se interpusieron una serie de recursos legales ante las autoridades correspondientes... Posteriormente, el gobierno del estado, el municipal y el federal, luchando siempre entre sí por el control de esos terrenos y de las obras para su rehabilitación, impidieron que la canalización fuera realizada, llegándose al extremo de permitir que en la zona se estableciera un basurero y que en el mismo se instalaran barracas que albergaban a los recogedores de basura...A consecuencia de lo anterior nació la llamada Cartolandia, que pronto llegó a convertirse en una verdadera pústula para la ciudad de Tijuana, ofreciendo un espectáculo de lo más desagradable y vergonzoso para el país entero. Chozas de cartón, de pedazos de madera, de botes viejos, abrigando a la gente que vivía en la inmundicia y en una increíble promiscuidad...La canalización del Río Tijuana y la manera en que quedó solucionado el problema de ´Cartolandia´ se pueden considerar como pasos decisivos para que Tijuana, el estado y el país entero, se liberaran de una imagen poco digna, que nos hacía sentir avergonzados ante los comentarios, siempre tendenciosos -pero en este caso justificados-, con que suele lastimarnos la prensa norteamericana. Hoy, en lugar de ´Cartolandia´, nos enorgullecemos de encontrar un complejo urbanístico de primer orden, a la altura de cualquier ciudad del mundo 4.

      Al margen de estos comentarios, lo cierto es que la crisis de crecimiento de la ciudad, más el abandono y la falta de controles en los usos de suelo por parte de los gobiernos, era evidente para este entonces en Tijuana. No es casual -aunque injustificable la extrapolación- que investigadoras como Dalia Barrera Bassols, en un estudio que cubre de 1970 a 1978, comparara el caso de los pobladores de Tijuana con la descripción que hacía Engels de los obreros de Inglaterra en 1845 en pleno auge de la revolución industrial. La autora encontraba que el 65% del total de la población de Tijuana, en ese periodo, eran familias de trabajadores que habitaban en las colonias que formaban el llamado "cinturón de miseria", aproximadamente 385,300 personas. Utilizando fuentes como el Censo General de Población de 1970 y otros estudios regionales, además de una encuesta realizada en 1977, Barrera Bassols encontró que el 4.5 % de la PEA estaba desocupada, en tanto que el 28.68 % empleada ganaba un salario menor al mínimo legal.

     En su trabajo de campo, la autora encontró que el 31.3 por ciento de la PEA ocupada recibía alrededor de un salario mínimo; el 14.2 cerca de uno y medio; 7.3 alrededor de dos salarios mínimos; sólo el 6.4 por ciento percibía ingresos de tres o cuatro salarios mínimos, en tanto que un 12.6 por ciento no supo especificar su ingreso 5.

     El mismo panorama desolador se encontraba en cuanto a las condiciones de las viviendas, no sólo en relación a sus materiales sino también en sus niveles de hacinamiento, acceso a servicios públicos, la salud y la alimentación, las tasas de mortalidad infantil y las enfermedades. En 1970, señala la autora, "las diez primeras causas de morbilidad en Tijuana fueron, en orden de importancia, tuberculosis, sífilis, sarampión, tosferina, influenza, gastroenteritis, gonorrea, varicela, blenorragia y parotiditis (...) Finalmente, el hacinamiento y la miseria, y la desintegración familiar que producen, conllevan el desarrollo del acoholismo, la drogadición, la prostitución, la delincuencia(...) A más de un siglo -menciona como corolario- de la investigación de Engels acerca de la situación de los obreros en Inglaterra, sus descripciones y fundamentaciones nos hablan de una realidad muy cercana a la de las capas mayoritarias de la población trabajadora de la ciudad de Tijuana" 6.

     Aunque los datos duros de la realidad testimonian crudamente la difícil situación de una parte de la población tijuanense durante aquellos años, fenómeno que no fue ajeno durante el mismo periodo a otras grandes ciudades mexicanas, lo cierto es que las condiciones de vida aquí descritas correspondieron más a una etapa de crecimiento y de incorporación de cientos de migrantes al mercado urbano de la ciudad. La precariedad urbana y la acentuada deficiencia de los servicios públicos, la falta de infraestructura y equipamientos diversos constituían la esfera conflictiva de ese crecimiento, en contrapunto a la dinámica económica de la ciudad, sus posibilidades de empleo y oportunidades derivadas de su vecindad con los Estados Unidos.

     Esta distinción analítica resulta fundamental en la medida que subraya el carácter transitorio y particular del contexto social de Tijuana y de las condiciones de vida de la población para el momento que se está observando. No es lo mismo vivir en estas condiciones en un entorno de atraso social y económico, que en un momento de expansión y dinamismo, como era el caso de Tijuana. Los estudios de Coplamar, por ejemplo, unos años después otorgaron a los estados fronterizos un nivel de marginación media mientras que únicamente la capital del país registraba una marginación baja. El "espinazo de la pobreza" -como lo han definido algunos autores- estaba constituido por los estados de Chiapas y el Norte de Chihuahua: atraviesa Oaxaca, Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Guerrero, Michoacán, México, Hidalgo, Nayarit y Durango, e incluye sierras de difícil acceso, las Huastecas y zonas desérticas 7.

     La característica de "baja marginalidad" que los estados fronterizos, incluidas algunas ciudades como Tijuana, presentaron a finales de los setenta, y cuya tendencia se fortaleció en los siguientes años, es quizá uno de los rasgos que ha empezado a perderse, como veremos más adelante en este trabajo. No sólo varias condiciones cambiaron, sino que, lo más importante, la conceptualización sobre la pobreza alcanzó otro niveles que superan el cuadro impresionista que se formó en varios observadores de los sesenta y setenta.



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